Ángeles y demonios

ÁNGELES Y DEMONIOS

SINOPSIS

Robert Langdon, experto en simbología, es convocado a un centro de investigación suizo para analizar un misterioso signo marcado a fuego en el pecho de un físico asesinado. Allí, Langdon descubre el resurgimiento de una antigua hermandad secreta: los illuminati, que han emergido de las sombras para llevar a cabo la fase final de una legendaria venganza contra su enemigo más odiado: la Iglesia católica.

Los peores temores de Langdon se confirman cuando los illuminati anuncian que han escondido una bomba en el corazón de la Ciudad del Vaticano. Con la cuenta atrás en marcha, Langdon viaja a Roma para unir fuerzas con Vittoria Vetra, una bella y misteriosa científica. Los dos se embarcarán en una desesperada carrera contrarreloj por los rincones menos conocidos del Vaticano.

DEDICACIÓN

Para Blythe...

LOS HECHOS

En el mayor laboratorio de investigación científica del mundo —el Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire (CERN)— se ha conseguido generar recientemente las primeras partículas de antimateria.

La antimateria resulta idéntica a la materia física, con la salvedad de que se encuentra compuesta de partículas cuya carga eléctrica es opuesta a la que se encuentra en la materia normal.

La antimateria es la fuente de energía más poderosa conocida por el hombre. Libera energía con una eficacia del ciento por ciento (la eficacia de la fisión nuclear es del 1,5 por ciento). La antimateria no genera polución ni radiación, y una sola gota podría suministrar electricidad a la ciudad de Nueva York durante todo un día.

Hay, sin embargo, un problema.

La antimateria es altamente inestable: puede estallar al entrar en contacto con cualquier cosa..., incluso el aire. Un gramo de antimateria contiene la energía de una bomba nuclear de veinte kilotones (que constituye la potencia de la bomba lanzada en Hiroshima).

Hasta hace poco la antimateria había sido creada en cantidades muy pequeñas (unos pocos átomos cada vez). Pero el CERN ha abierto un nuevo camino con su nuevo decelerador de antiprotones, un avanzado centro de producción de antimateria que facilitará la creación en cantidades mucho mayores.

Una cuestión subyace: ¿esta sustancia altamente volátil salvará el mundo, o bien será utilizada para construir el arma más mortífera jamás creada?

NOTA DEL AUTOR

Todas las referencias a obras de arte, tumbas, túneles y elementos arquitectónicos de Roma son completamente reales, al igual que su emplazamiento exacto. Hoy en día todavía pueden verse.

La hermandad de los illuminati es también real.

PRÓLOGO

El físico Leonardo Vetra percibió olor de carne quemada y de inmediato supo que se trataba de la suya. Aterrorizado, levantó la mirada hacia la oscura figura que se cernía sobre él.

—¿Qué es lo que quiere?

La chiave —respondió la ronca voz—. La contraseña.

—Pero... yo no...

El intruso presionó un poco más, hundiendo todavía más profundamente el objeto al rojo vivo en el pecho de Vetra. Se oyó el siseo de la carne al arder.

Vetra dejó escapar un grito agónico.

—¡No hay ninguna contraseña! —Empezaba a sentir que se desvanecía en la inconsciencia.

La figura le dirigió una mirada llena de odio.

Ne avevo paura. Eso me temía.

Vetra hacía lo posible por mantener despiertos sus sentidos, pero la oscuridad se iba cerrando en torno a él. El único consuelo que le quedaba era saber que su agresor nunca obtendría lo que había ido a buscar. Un instante después, sin embargo, la figura extrajo una cuchilla y la acercó al rostro del físico manejándola con precisión quirúrgica.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Vetra.

Pero ya era demasiado tarde.

CAPÍTULO 1

Desde lo alto de los escalones de la Gran Pirámide de Giza, una joven lo llamó, riéndose.

—¡Date prisa, Robert! ¡Ya sabía yo que debería haberme casado con un hombre más joven! —Su sonrisa era mágica.

Él se esforzaba por seguir su ritmo, pero las piernas no le respondían.

—Espera —suplicó—. Por favor...

A medida que ascendía se le iba nublando la vista y sentía un martilleo en los oídos. «¡Debo alcanzarla!» Sin embargo, cuando volvió a levantar la mirada, la mujer había desaparecido. En su lugar se encontraba un anciano con los dientes podridos. El hombre se lo quedó mirando y sus labios se fruncieron hasta formar una mueca solitaria. Luego soltó un grito de angustia que resonó por todo el desierto.

Robert Langdon despertó de su pesadilla con un sobresalto. El teléfono que había junto a su cama estaba sonando. Todavía aturdido, descolgó el auricular.

—¿Diga?

—Estoy buscando a Robert Langdon —dijo una voz de hombre.

Él se incorporó sobre la cama vacía mientras trataba de despabilarse.

—Yo soy... Robert Langdon. —Con los ojos entornados, consultó su reloj digital. Eran las 5.18 de la madrugada.

—Debo verlo inmediatamente.

—¿Con quién hablo?

—Mi nombre es Maximilian Kohler. Soy físico de partículas discretas.

—¿Cómo dice? —A Langdon le costaba concentrarse en lo que le estaban diciendo—. ¿Está seguro de que soy el mismo Langdon que está buscando?

—Es usted profesor de iconología religiosa en la Universidad de Harvard. Ha escrito tres libros sobre simbología y...

—¿Sabe la hora que es?

—Le pido disculpas. Necesito mostrarle algo. No puedo hablar sobre ello por teléfono.

Los labios de Langdon dejaron escapar un gruñido de resignación. Eso ya le había sucedido anteriormente. Uno de los peligros de escribir libros sobre simbología eran las llamadas de fanáticos religiosos que pretendían confirmar la última señal que habían recibido de Dios. El mes anterior, una bailarina de striptease de Oklahoma le había prometido a Langdon el mejor sexo de su vida si iba a verla y verificaba la autenticidad de una mancha con forma de cruz que había aparecido por arte de magia en las sábanas de su cama. «El sudario de Tulsa», las apodó él.

—¿Cómo ha conseguido mi número? —A pesar de la hora, Langdon intentó mostrarse educado.

—En internet. En la web de su libro.

Langdon frunció el entrecejo. Estaba completamente seguro de que en la página web de su libro no aparecía el número de teléfono de su casa. Estaba claro que el hombre le estaba mintiendo.

—Necesito verlo —insistió—. Le pagaré bien.

Langdon estaba empezando a enfadarse.

—Lo siento, pero de verdad que yo...

—Si parte de inmediato, podría llegar aquí a las...

—¡No pienso ir a ningún sitio! ¡Son las cinco de la madrugada! —Langdon colgó y volvió a tumbarse en la cama.

Cerró los ojos e intentó dormirse de nuevo. Pero no pudo. El sueño que había tenido antes se le había quedado grabado en la mente. A regañadientes, se puso la bata y bajó la escalera.

Robert Langdon recorrió descalzo su desierta casa victoriana de Massachusetts y se preparó su remedio habitual para el insomnio: una taza de leche con cacao. La luna de abril se filtraba por los ventanales y proyectaba su luz sobre las alfombras orientales. Los colegas de Langdon solían bromear diciendo que el lugar parecía más un museo de antropología que un hogar. Todas las estanterías estaban repletas de objetos religiosos procedentes de todo el mundo: un ekuaba de Ghana, una cruz de oro de España, un ídolo cicládico de las islas del mar Egeo, e incluso un raro boccus de Borneo, símbolo de la perpetua juventud de los jóvenes guerreros.

Al sentarse sobre su baúl Maharishi de latón para saborear la bebida caliente, Langdon vio su reflejo en el ventanal. Era una imagen distorsionada y pálida..., como la de un fantasma. «Un fantasma que envejece», pensó, cruelmente consciente de que su espíritu juvenil vivía en un envoltorio mortal.

Si bien no era exactamente guapo en un sentido clásico, a sus cuarenta y cinco años tenía lo que sus colegas femeninas llamaban un atractivo «erudito»: espeso pelo castaño con algunos mechones grises, penetrantes ojos azules, una cautivadora voz profunda y la sonrisa arrebatadora y desenfadada de un atleta universitario. Saltador de trampolín en el instituto y la universidad, todavía lucía el cuerpo de un nadador, un tonificado físico de un metro ochenta que mantenía en forma gracias a los cincuenta largos que hacía diariamente en la piscina de la universidad.

Sus amigos siempre lo habían considerado alguien más bien enigmático, un hombre atrapado entre siglos. Los fines de semana se lo podía ver en el patio de la facultad vestido con unos pantalones vaqueros y conversando sobre infografía o historia de la religión con algún alumno; otras veces, en las páginas de lujosas revistas de arte, ataviado con su americana Harris de tweed y un chaleco de cachemira, pronunciando una conferencia en la inauguración de algún museo.

A pesar de ser un profesor estricto y partidario de la disciplina, Langdon era el primero en abandonarse a lo que él llamaba el «olvidado arte de la diversión». El fanatismo contagioso con el que se entregaba al esparcimiento lo había hecho merecedor de una aceptación fraternal entre sus alumnos. El apodo por el que era conocido en el campus, el Delfín, hacía referencia tanto a su naturaleza ...

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